Basta con que tus labios puros se despeguen entre sí, para dejar ver la mano perfecta de Dios puesta en tu boca; el Creador se tomó la molestia de bajar del oscuro cielo las más brillantes estrellas para que se enseñoreen en tu delicado rostro. Cada una de sus estrellas brilla con la misma intensidad, es una luz radiante y armónica que no me canso de mirar.
No puedo dejar de ver tus estrellas porque su luz me arropa y protege con ternura, sin que se escape una sola parte de mi cuerpo. Tus estrellas hacen lo que quieren, sin soberbias, ni amarguras, por el contrario están llenas de inocencia, con un ligero toque de picardía y malicia que se han ganado mi admiración.
Permíteme proteger lo frágil de tu sonrisa, guardar la perfección que se esconde tras tus labios. Es mi deseo ser el culpable de tus alegrías, esas con las que pueda detallar el movimiento de tu rostro cuando dejas ver la creación sin protocolos, pues quiero contemplar la luz de los astros, tan cerca, como tú decidas concederme la dicha de ver el resultado de tus alegrías.