La intrusa de Londres suele ser bastante conflictiva, se
pasea por las calles de la capital en un ritmo bastante atravesado, tanto así,
que irrumpe con sus caderas en la más que cronometrada vida de los caballeros
londinenses. Cada que puede, sonríe y hace voltear hasta al anciano que lee
periódico junto al Támesis, de hecho, cuando camina los hombres de los coches
negros se ven obligados a voltear como se un pasajero los esperara.
La intrusa de Londres entra y
sacude los millones de documentos del Palacio de Westminster mientras los
abogados los recogen para dárseos y que ella los vuelva a lanzar; a la salida,
sube a 96 metros de altura, sólo para atrasar cinco minutos al Big Ben, y no
llegar tarde al trabajo, lo que, dicho sea de paso, ya habla de alguien que no
se parece a Londres, y mucho menos pertenece a la ciudad.
La intrusa de Londres
encanta, cautiva, hechiza, porque sale de la rutina, porque se suelta el
cabello y camina con elegancia, estilo y presencia, porque hace frenar el ojo
de Londres cuando se encuentra en lo más alto. Es con la intrusa de Londres que
todos quieres ser sorprendidos en el Puente de La Torre, mientras el Támesis
regala música de fondo en una nublada noche londinense.