Nunca confíes en lectores de un solo libro.

jueves, 29 de septiembre de 2016

La noche sin luna suena vacía, suena incompleta, pareciera que su órgano vital dejara de funcionar, su ausencia demanda la aparición de los actores de reparto, esos que refrescan una historia de tensión y alboroto; y es que en mi noche, son ellas las llamadas, son ellas las que toman proscenio, para dar sus mejores líneas, ante este humilde servidor, el más fiel espectador, de una compañía teatral, viva únicamente por amor al arte. Las estrellas, con ternura, más que elegancia, son capaces de dar brillo en una fría y oscura noche, son tan simples que no consigues nada que se les reproche, las consigues en todas partes, su aparición es inevitable, te recreas en ellas, y, sin darte cuenta, han llevado tus pensamientos a la frescura que la noche te ofrece, sin embargo, y al igual que en toda buena tragedia, los actores de reparto finalizan su aparición, el protagonista, o amtagonista, pues ya no sé ni cual sea su papel en esta historia, mutila el ambiente creado por estas traviesas señoritas que empezaban a ganarse un rincón de tu corazón. Actor principal en escena, y de regreso a la historia, y en seguida te das cuenta, que era una ilusión el efecto de las estrellas, que solamente te distraías por instantes, pero en el fondo seguías pensando en tu protagonista, pues lo único que hacías mientras las observabas, era perderte en su mirada de nuevo, era volver a tener  frente a tus ojos los de ella, afirmando así que nunca viste unos ojos brillar tanto como los de la protagonista elegida para esto que no es una historia.

Sus ojos brillaban, ¡sí, brillaban! Como las estrellas de esta noche, me atrevería a decir que aún más, sus ojos brillaban porque no había miedo, sólo ilusión, porque no había culpas, sólo un clímax de alegría incontenible, sus ojos brillaban en la medida que se acercaban a los míos, no sé si eran únicamente los suyos, o quizás era el reflejo de los míos propios los que se proyectaban en ella, pero de una cosa si estoy seguro, sus ojos no me pueden engañar, y esa noche, brillaban como nunca, porque su luz salía de la más pura sinceridad, su alegría era genuina, su ilusión desbordante, y en sus manos, un deseo de aferrarse a aquello de lo cual sabía no se arrepentiría, hoy sigo buscando esa mirada, quizás no para proyectarla en la mía, pero al menos para tener la certeza de que esa par de estrellas que aquella noche fueron acogidas en sus ojos, se puedan volver a encender, dichoso aquel que lo logre, pues gozará de la dicha de ser testigo de una luz de raras comparaciones.


Mientras su luz sigue apagada en algún lugar, yo escribo estas sencillas palabras, deseando volver a hacer su luz brillar.

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