La noche sin luna suena vacía, suena incompleta, pareciera
que su órgano vital dejara de funcionar, su ausencia demanda la aparición de
los actores de reparto, esos que refrescan una historia de tensión y alboroto; y es que en mi
noche, son ellas las llamadas, son ellas las que toman proscenio, para dar sus
mejores líneas, ante este humilde servidor, el más fiel espectador, de una
compañía teatral, viva únicamente por amor al arte. Las estrellas, con ternura,
más que elegancia, son capaces de dar brillo en una fría y oscura noche, son
tan simples que no consigues nada que se les reproche, las consigues en todas
partes, su aparición es inevitable, te recreas en ellas, y, sin darte cuenta, han llevado
tus pensamientos a la frescura que la noche te ofrece, sin embargo, y al igual
que en toda buena tragedia, los actores de reparto finalizan su aparición, el
protagonista, o amtagonista, pues ya no sé ni cual sea su papel en esta
historia, mutila el ambiente creado por estas traviesas señoritas que empezaban
a ganarse un rincón de tu corazón. Actor principal en escena, y de regreso a la
historia, y en seguida te das cuenta, que era una ilusión el efecto de las
estrellas, que solamente te distraías por instantes, pero en el fondo seguías
pensando en tu protagonista, pues lo único que hacías mientras las observabas,
era perderte en su mirada de nuevo, era volver a tener frente a tus ojos los de ella, afirmando así que nunca viste unos ojos
brillar tanto como los de la protagonista elegida para esto que no es una
historia.
Sus ojos brillaban, ¡sí, brillaban! Como las estrellas de
esta noche, me atrevería a decir que aún más, sus ojos brillaban porque no
había miedo, sólo ilusión, porque no había culpas, sólo un clímax de alegría
incontenible, sus ojos brillaban en la medida que se acercaban a los míos, no
sé si eran únicamente los suyos, o quizás era el reflejo de los míos propios
los que se proyectaban en ella, pero de una cosa si estoy seguro, sus ojos no
me pueden engañar, y esa noche, brillaban como nunca, porque su luz salía de la
más pura sinceridad, su alegría era genuina, su ilusión desbordante, y en sus
manos, un deseo de aferrarse a aquello de lo cual sabía no se arrepentiría, hoy
sigo buscando esa mirada, quizás no para proyectarla en la mía, pero al menos
para tener la certeza de que esa par de estrellas que aquella noche fueron acogidas
en sus ojos, se puedan volver a encender, dichoso aquel que lo logre, pues
gozará de la dicha de ser testigo de una luz de raras comparaciones.
Mientras su luz sigue apagada en algún lugar, yo escribo estas
sencillas palabras, deseando volver a hacer su luz brillar.
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