Sencillamente tomaba su mano,
doce centímetros de largo,
aproximadamente,
aunque, claro está,
nunca he sido bueno estimando.
Un lunar fácil de distinguir,
¿el lugar?
milímetros por debajo,
y a la derecha: "la menos hábil",
aunque, claro está,
es sólo una manera de decirlo;
y es que todavía no recuerdo,
la primera obra sobre la tierra
que pueda dar testimonio,
en contra de tales manos.
Es que todo lo transforman en arte,
porque el color es su aliado,
porque transmiten vida,
porque las tomas y quieres aventura.
Y eso provocan esas manos,
yo sólo las tomaba,
y al instante, en un parpadeo,
empezábamos a rodar, juntos,
con ganas de luchar, de crecer,
de explorar, de enamorar,
de enamorarnos.
De la mano,
sería mentiroso al negarlo,
pues el miedo no desaparecía,
pero sí, la soledad,
podíamos sentir una presencia,
el uno del otro,
y me atrevo a decir,
que más que sus labios,
sus manos me guiaban a luchar por ella.
Porque al tocar sus manos,
el frío se acaba,
el miedo se disipa,
desconozco mis límites,
y voy detrás del horizonte
donde las palabras no cesan
la inspiración regresa.
Al tocar sus manos,
las nubes dibujan su rostro,
la brisa susurra su voz,
mientras un deseo invade mi mente:
llevarla detrás del horizonte
donde las palabras no cesan,
donde la inspiración siempre regresa.
Donde sus manos hacen arte,
donde sus manos dibujan
y sus caricias derrochan ternura,
donde con sus manos pone el color
donde los sueños viajan,
y viajan más allá de la Luna.
Mientras, ella sigue mirándolas
como siempre,
como parte de lo ordinario,
donde la mayor eventualidad
no es más que un lunar en la muñeca,
distendida, porque se hace la desentendida,
porque aunque lo sabe, y lo niegue,
para mí es ella la muñeca,
y por muy aferrada que viva
a la idea sencilla
de unos dedos cortitos y torcidos,
en unas manos simples, y del común,
yo solo vivo rogando por su mano,
para volver a ir detrás del horizonte,
donde las palabras no cesan,
y la inspiración siempre regresa,
sobre todo, si se trata de la muñeca.
Nita!
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